Los cigarros artesanales de Colotenango


Dentro de las muchas tradiciones que caracterizan al municipio de Colotenango, está la de hacer cigarros artesanales. Actualmente, son pocas las personas que aún ejercen este oficio pero, años atrás, era un trabajo que le daba de comer a muchas familias.

Un ejemplo es doña Claraluz Pineda, de 80 años de edad, que comenzó a elaborar cigarros a los 12; ya que su madre, Cleotilde Herrera Pineda, sobrevivía de la venta de los mismos. “Cuando uno menos se lo espera, le caen dos o tres quetzales a la bolsa”, indicó Pineda.

Según explica Doña Claraluz, el proceso del tabaco debe llevarse con mucho cuidado, pues “pierde la fuerza si no se sabe manejar”. El primer paso es humedecer la hoja de tabaco para luego retirar la varilla del centro. El resto de la hoja se pone a secar al sol y, ya sin rastros de humedad, se procede a deshacer el material.

“Aún existen canastos de chumito, que son los idóneos para estos trabajos, porque cuando se va deshaciendo el tabaco, las ranuras del mismo canasto permiten un material más fino”, explicó pineda.

15134214_1155693577845417_1520984919_oDespués de procesar el tabaco en el canasto, se comienza a cernir en una tela fina para desprender el polvo que se pega a la planta cuando ésta se encuentra expuesta al aire libre. Una vez terminado este proceso, se guarda el tabaco procesado en una bolsa plástica, o una tinaja, y se va sacando conforme se necesite. Aunque ahora es muy común que vendan el tabaco ya cernido, Doña Claraluz prefiere hacerlo ella misma, para dejarlo al gusto del cliente.

Años atrás, la compra de este cigarro era muy común, incluso llegaban a tener pedidos de hasta Q7 (siete quetzales) de una tienda de Naranjales, una comunidad cercana a la cabecera de Colotenango. Hoy esa cantidad se considera como poco dinero, sin embargo, en ese entonces equivalía a un aproximado de 4,800 cigarros, pues en cada quetzal se ponían 20 manojos de 20 cigarros cada uno. Agregado a eso, tenía que entregar otros Q7, que serían la ganancia de quien les compraba al por mayor. “Tenía que hacer los cigarros en el rato que tenía, a veces me tocaba amanecer para cumplir con la entrega”, recuerda Pineda, mientras elabora un cigarro.

Las primeras personas que elaboraron estos cigarros fueron Elva María Pineda y Pineda, Joba Silvina Gómez, Consuelo Palacios y Cleotilde Herrera Pineda, de todas ellas solo la primera está con vida, pero la tradición la han pasado a sus hijas, quienes continúan manufacturando y vendiendo tabaco.

Claraluz elabora un aproximado de 45 a 50 quetzales de cigarros al día. Sus compradores son los adultos que suelen fumar desde hace varios años. “Antes la gente no se moría a cada rato, los viejitos que todavía fuman, ahí andan vuelta y vuelta todavía; y jóvenes que tratan de cuidarse se están muriendo”, comentó doña Claraluz, con ironía.

En la cabecera departamental es muy difícil conseguir este tipo de cigarros, es por eso que doña Claraluz Pineda cada día lucha por no dejar morir la tradición.

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Odalys Pineda
Comunicadora Social y Escritora. Columnista en El Cuarto Poder. Editora y diagramadora en Quimera Editores

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